Ana tenía su dignidad de mujer, no iba a suplicarle que la poseyera… Esa noche, se acurrucó en su regazo, escuchando su corazón latir en silencio.
—¿En qué estás pensando?
Mario la abrazó con fuerza, su voz suave en la oscuridad:
—Esta noche estás diferente.
Ana disimuló:
—Quizás no quiera irme. Estoy bien aquí.
Mario sonrió suavemente:
—Si te gusta, la próxima vez ven por más días… ¿Qué te parece traer a Emma y Enrique también?
Ana no respondió, enterró su rostro en su cuello.
Ya había decidido