Luego, niveló la arena, sin dejar rastro alguno.
Mario permaneció allí durante mucho tiempo, con el corazón lleno de dolor y lágrimas en los ojos. Sabía que, al final, era solo un hombre común, incapaz de cambiar el destino. Por más dinero que tuviera, no podría salvar a su amada.
Ya no quería admitirlo, pero en lo más profundo de su ser, sabía que Ana se había ido.
Desde ese momento, Ana ya no estaba.
…
Al caer la tarde, Mario retornó al corazón de la ciudad.
El imponente vehículo negro avanzab