Ana miró hacia su pierna. Después de un rato, dijo suavemente:
—Con esta nevada, mejor no conduzcas solo. Voy a hacer que el conductor, Pol, te lleve.
Mario la miró directamente:
—¿Te preocupas por mí?
Era guapo, y en ese momento, sus ojos tenían un brillo seductor, algo que ninguna mujer podía resistir…
Ana no fue la excepción.
Pero en su rostro solo mostró indiferencia:
—Solo estoy preocupada de que te pase algo. Mario, no te hagas ilusiones.
Él sabía mejor que nadie si se hacía ilusiones o no