Ante su hija, Ana se quedó sin palabras. Mario la soltó, con un tono apenas audible:
—No me dirás que fue solo un capricho pasajero. ¡Ana, tú no eres de esas!
Ana contestó, intentando quitar peso a sus palabras:
—La gente cambia.
Mario la observó en silencio, pensativo. De repente, recordó que Ana, al igual que él, tenía 29 años; ya no era una niña, tenía sus propias necesidades. Después de años sola, era natural que algo sucediera cuando alguien mostraba interés.
Mario prefirió no darle más vue