Ana se quedó muda, con un nudo en la garganta, incapaz de articular palabra…
Al verla así, Mario se sintió embargado por la emoción. Ya no había imprudencia en su gesto; acercó su frente a la de ella y propuso suavemente:
—Ana, si tú quisieras, podemos volver a empezar. Dame la oportunidad de cuidarte, de cuidar a Emma… ¿qué dices?
Se mostraba humilde, como si todo el dolor pasado no hubiese sido más que un mal sueño. Mientras conversaban, Emma se despertó:
—¡Mamá!
La pequeña, en pijama y abraza