Ana regresó a la casa que alquilaba. La comida que había empezado a cocinar seguía en la sartén, pero ya no tenía ganas de terminarla. Se sentó en la oscuridad de la habitación, sin encender la calefacción, abrazando sus rodillas y perdida en sus pensamientos.
Recordó sus sueños de juventud, cuando imaginaba casarse con Mario.
Soñaba con tener dos hijos y adoptar un perro.
Las palabras suaves de Mario, «¿Quieres ser su madre?», resonaban en su mente como un cuchillo en el corazón, causándole u