Ana se dio cuenta de que lo que colgaba del cuello del pequeño perro era su anillo de bodas. Rápidamente, miró por la ventana y, efectivamente, el coche de Mario estaba aparcado abajo.
Él estaba recostado contra el crepúsculo fumando, en una postura relajada.
Cuando Ana lo miró, él también la miraba, con una mirada perdida.
Después de un momento, él llamó a Ana.
Ella contestó directamente: —Mario, ven a recoger al perro.
Pero él respondió con dulzura: —Se llama Shehy, tiene tres meses. Ana, s