Era una tarde de finales de otoño, y el cielo estaba lleno de un resplandor colorido que añadía un toque de brillantez al crepúsculo.
Ana regresó al apartamento de la familia Fernández.
Apenas abrió la puerta, escuchó la voz de Mario, que sonaba muy agradable.
—Cuando estaba estudiando en el extranjero, siempre arreglaba las tuberías yo mismo.
—No te preocupes por la ropa sucia, Carmen. Mañana iré a casa a cambiarla, ¡no hay necesidad de molestarte!
…
¿Qué hacía él allí?
Ana cerró la puerta y se