El silencio duró poco.
Leah abrió los ojos cuando el movimiento de Noah se volvió más brusco. El bosque seguía oscuro a su alrededor. La canasta con la bebé descansaba entre ambos. Ella se sintió capaz de caminar por sus propios medios.
—Bájame —dijo con voz ronca.
Noah no respondió. Tampoco se detuvo.
—Que me bajes —repitió, más fuerte.
—No.
Leah apretó los dientes.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —su voz salió temblorosa, pero llena de rabia—. Que ustedes se creen héroes. Se creen salvad