Leah corrió hasta que las piernas dejaron de responderle.
El bosque se tragó cada paso, cada respiración entrecortada. Las ramas arañaban su rostro. Las piedras se clavaban en sus pies descalzos. La canasta pesaba más con cada metro avanzado.
La bebé lloraba, asustada por el movimiento brusco.
—Ya casi… ya casi —murmuró Leah, aunque no tenía idea de a dónde ir.
Solo sabía que debía alejarse lo más posible.
El cansancio la abrazó con brutalidad.
No fue gradual. Fue abrupto, tanto que le dobló la