Después de un rato, Eira llegó con el brazo vendado.
Entró con la mirada perdida, sin prisa. Recordó el caos, los gritos de auxilio. Sus ojos recorrieron el cuarto destruido, los restos de sangre, la puerta hecha pedazos. No dijo nada. Se acercó directamente a Leah.
—Venga —la voz le salió ahogada; aun así trató de mantener un tono suave—. Vamos al área de resguardo.
Leah asintió con un suspiro silencioso, su cuerpo rendido bajo el peso de su avanzado embarazo, los pies inflamados y ese nudo e