El alfa, como de costumbre, llegó a la habitación de aquella loba, la diferencia era el horario. Se había debatió un largo rato si ir o no.
Al final ganó su lado menos coherente. Entró despacio, sin avisar.
Lo hizo por inercia, por esa autoridad que no se cuestiona ni a sí misma. Pero esta vez, la inexpresión casi perpetua de su rostro se quebró apenas cruzó el umbral.
Leah estaba de pie, de espaldas a la cama.
Llevaba un camisón delgado, claro, demasiado liviano para ocultar nada. La tela se a