Cassian puso su mano sobre los labios de la loba ebria, no de forma sutil ni cuidadosa, más bien tosca y descuidada.
Frunció el ceño y, con el dorso de la otra mano, se apresuró a limpiarlo los suyos.
—¿Qué te pasa? —preguntó con la nariz arrugada. Sentía una incomodidad real. Y no, no era que ella resultara desagradable a la vista, sino que jamás la vio, ni la vería, de ese modo.
Michelle soltó un manotazo sin fuerza y Cassian la soltó. Era inevitable que cayera al suelo.
El lobo se lam