El cuarto de los castigos apestaba a sangre y la poca iluminación lo hacía un escenario perfecto para que alguien cometiera un asesinato.
Liani cayó de rodillas antes del primer golpe. No porque se lo ordenaran, sino porque el cuerpo ya no le sostuvo el peso. Las manos le temblaron. El aire se le atoró en la garganta. Estaba aterrada; la mirada de esos lobos era espeluznante.
«El día de tu propia muerte nunca se anuncia, o tal vez todo lo de estos días fueron señales que no quise ver», se di