Leah no durmió.
La noche se le fue entre sollozos mudos y un temblor constante que no logró dominar. Cada vez que cerraba los ojos, las duras palabras de Freya regresaban. Cada vez que respiraba hondo, el pecho le dolía más. No había descanso para alguien que dudaba incluso de su propio cuerpo.
Cerca de las seis de la mañana se incorporó. Tenía los ojos hinchados, la garganta áspera, la piel sensible al roce de la tela. Tomó el recipiente y lo colocó junto a la chimenea. No necesitaba calcular