Noah, con pasos apresurados y pensamientos oscuros alimentados por la ira, se reunió con Leah.
Al llegar y contemplar su rostro, el enojo se transformó en preocupación, en frustración. Se sentía débil y lo único que logró hacer en ese instante fue rodearla con sus brazos, mientras su hija, con los ojos hinchados y la cara roja, lo observaba desde los brazos de su madre.
—Estoy bien —aseguró Leah, sin poder contener las lágrimas. Era una loba embarazada.
Incluso en un lugar "sofisticado" como es