Su mano, acalambrada, dolía. El crujido de la carne perforada por la daga se repetía una y otra vez en sus oídos. La fresca imagen del instante en que los ojos de asombro de Lucian pasaron a una mirada vacía. Una imagen terrorífica.
Noah se arrodilló hasta quedar a su altura y la abrazó. Inclinó su cabeza y hundió su nariz en su cabello.
—Todo ya terminó —le susurró de un modo tan suave, pacífico, que el cadáver decapitado junto a ellos parecía no existir.
Ella lloró. No de dolor, ni de tr