Leah se acercó a él, deteniéndose a una distancia que permitía sentir el calor de su cuerpo. La cercanía le permitió ver las ojeras marcadas en su rostro.
—¿No quieres descansar? —preguntó, sus dedos jugueteaban con el borde de su propia túnica. Se arrepintió de sus intenciones verdaderas.
Noah negó con la cabeza; sus hombros se tensaron bajo el peso invisible de sus responsabilidades.
—Todavía quedan cosas por hacer —respondió, su voz ronca por el cansancio y la necesidad de parecer fuerte.