Los músculos de Lucian se retorcían. El enorme lobo de pelaje oscuro y ojos dorados ahora adoptaba su forma humanoide.
Al poner un pie en su territorio y mirar la cara de los guardias, supo que algo no iba bien.
—Señor, usted… regresó antes del tiempo que nos dijo —le mencionó uno, con la voz quebrada y la vista en el suelo. Todo su cuerpo temblaba de forma involuntaria.
Lucian apestaba. No a sudor, sino al penetrante olor de la muerte: sangre reseca y metálica, incrustada en los pliegues