Cassian caminaba por delante. El polvo cubría su calzado hasta los tobillos y el aire olía a cuero, sudor y humedad. La herida en su costado punzaba. El vendaje, que en un principio se había teñido de rojo, con el tiempo se volvió borgoña opaco.
A su lado, Noah iba con el rostro serio, sudado. No hablaba. Desde la huida del Oeste, no había dicho más de lo necesario.
Ambos estaban cansados, aunque no lo decían abiertamente. Llevaban días sin comer nada decente.
Entraron a un pueblo con la idea d