Noah apartó a Michelle con una frialdad que hizo temblar el labio inferior de la loba; al instante, se formó un puchero lastimero.
—Yo he extrañado tanto al alfa… —su voz sonó como un chillido de murciélago.
Pero Noah ya la había borrado de su campo visual. Su mundo se redujo a la mano de Leah, que tomó con firmeza, que mostraba posesión y promesa. Cuando alzó la voz, esta retumbó en el territorio:
—Leah ya no es “la vidente”. Es mi compañera, y por tanto, la Luna de esta manada. El respeto