Noah no se movía, pero su pecho subía y bajaba con fuerza.
El beso había comenzado lento. Pero su instinto primitivo se adueñó de él.
Ahora sus labios reclamaban los de ella con una fiereza. Sus manos, firmes y grandes, se cerraban alrededor de sus caderas.
Y es que la deseaba con desesperación.
Se separaron para recobrar el aliento.
La miró.
Esos ojos almendrados, tan hermosos, aún húmedos, parecían implorar que no se detuviera…
Pero era justo lo que debía hacer.
Su mandíbula se