Sus manos, pequeñas, temblorosas, se aferraron al dobladillo del vestido de seda.
Era un contraste casi burlesco lo hermoso de la tela, el color blanco marfil.
Las mangas largas y delicadas flores bordadas que le rozaban la piel como si buscaran calmarla… pero no lo lograban.
Todo era familiar y, a su vez, tan extraño.
La habitación, seguía lujosa en extremo, aterradora.
Las paredes, revestidas de madera noble, talladas a mano con figuras de lobos y lunas crecientes.
El olor a lavanda la hizo