Las pisadas llenas de lodo anunciaron que el alfa había llegado, un día antes de lo previsto.
El sol ni siquiera terminó de salir cuando el rugido de su bestia alertó a sus guerreros.
Cassian, Conder y los demás lobos lo seguían, cubiertos de polvo y barro seco. No traían gloria, ni botín, ni respuestas. Solo una verdad que quemaba en la lengua del alfa: ese supuesto monte de piedras milagrosas no existía. Y la vidente tenía mucho que explicar.
—Tráiganme al oráculo. Ahora. Quiero verla —gruñ