Conder apretó el antebrazo de Leah. Sus dedos se hundieron en su piel delgada como si quisiera romperla desde el hueso.
—Tú eres la causa de todas nuestras desgracias —escupió con desprecio—. Vil y asquerosa. Igual que ese bastardo de Lucian. ¿Qué haces aquí?
Leah forcejeó. Sabía que él era más fuerte, pero no retrocedió. Clavó la mirada en los ojos del viejo lobo.
—Usted no tiene derecho a hablarme así. —En su interior forzaba la manifestación de su don. Nada.
El rostro de Conder se deformó