Noah lanzó un rugido bajo. Con una simple mirada, hizo retroceder a las lobas.
—Vayan a sus cuartos —ordenó con voz grave—. Y si no lo hacen, recibirán su castigo. Yo soy su alfa.
El peso de sus palabras bastó. Ninguna osó replicar.
Michelle agachó el rostro, avergonzada. El odio por esa intrusa burbujeaba en su pecho. Y las otras lobas se fueron sin voltear a ver a su alfa.
Después, se volvió hacia Leah y le preguntó si se encontraba bien.
Leah asintió.
—Sí, solo fue una caída —mintió.
—Entonc