—Yo… —susurró Leah. Eso era vergonzoso.
—¿Quieres caminar? —la interrumpió el lobo, con voz vibrante, profunda, que brotaba desde su pecho—. Porque no vamos a detenernos.
Ella tragó saliva. Su orgullo chillaba, pero sus piernas hinchadas y rotas ya no respondían. Se acercó con esfuerzo. Subirse al lomo del alfa fue difícil. Una vez lo logró, el calor del cuerpo del alfa la envolvió.
No era un calor amable, era crudo, vivo. Estable. Confortable y, a su vez, incómodo.
El trayecto dio inici