La inflamación en el ojo de Cassian no bajaba ni un poco. Su labio partido no era peor que la herida en su costado derecho. Cada paso dolía, y el sabor metálico en su boca le recordaba que seguía con vida.
—Alfa Noah, ¿me permite decir algo? —preguntó, con desgano.
—Dilo —respondió Noah. Su rostro varonil cubierto de magulladuras. Sus nudillos reventados, las manos llenas de ampollas. Habían recibido una paliza digna de contarse a los nietos… si vivían lo suficiente para tenerlos.
—Estamos jodi