Leah despertó con el cuerpo adolorido, como si su propia piel hubiera absorbido el impacto de aquella visión.
No tardó ni cinco minutos en que su custodio le avisara al alfa.
Los pasos de Noah eran firmes; el olor a bosque y rabia inundó la habitación.
—Habla —ordenó, sin preámbulos—. ¿Qué viste?
Leah cerró los ojos, se aferró al silencio como su único aliado.
—No vi nada —dijo despacio; las mentiras no se huelen cuando se dicen con calma—. Seguramente mi debilidad hizo que algún espíritu i