Unos días más tarde, entre la servidumbre de la casona del alfa Lucian, se extendió el rumor: había un nuevo territorio por conquistar.
Él podía enviar a su ejército y acabarían con todo ser vivo en menos de dos horas. Pero no.
Lucian disfrutaba aniquilar con sus propias manos.
Le fascinaba la adrenalina. Lo enloquecía el olor a sangre.
Y más aún, saberse superior a todos sus enemigos juntos.
Así que, como era costumbre en esas ocasiones, dejó a los ancianos consejeros al mando, al menos por es