Margarita sonrió educadamente.
—Sí, le agradezco.
Rebeca, sin perder el ritmo, cambió de tema con un tono de complicidad.
—No lo puedo creer, el jefe te cuida tanto que despidió al subgerente solo por ti.
Ambas habían escuchado el mismo chisme que las empleadas de la cafetería.
Margarita bastante incomoda forzó una sonrisa.
—El despido del subgerente no tiene nada que ver conmigo.
Rebeca soltó una risa sarcástica.
—Ay, no te hagas. Todos lo sabemos ya.
Margarita suspiró resignada. Aunque tratar