A las tres y media de la tarde, la mansión Cabello estaba lista para recibir a los invitados. Cada detalle había sido cuidado al máximo: el aire olía a flores frescas, el extenso jardín lucía como sacado de un cuento de hadas, con luces colgantes que daban un toque mágico y elegante al ambiente.
Los invitados, impecablemente vestidos, charlaban en pequeños grupos, con un aire animado, pero siempre manteniendo la elegancia.
—Dicen que la familia Cabello al fin encontró a su hija perdida, la señor