—¡Suéltala, Rodrigo! —volvió a rugir Mauricio, dando un paso al frente con los puños cerrados, dispuesto a todo por terminar con aquella pesadilla.
Rodrigo, al mirar a su alrededor y ver los cañones de la policía apuntándole desde todos los flancos, se dio cuenta de que no tenía salida. Estaba acorralado, acabado y perdido. Una mueca de pura maldad deformó sus facciones. Si él iba a caer, no lo haría solo; se aseguraría de destruir la felicidad de Mauricio para siempre.
Con un movimiento vi