De repente, el sonido del cerrojo rompió el sepulcral silencio del apartamento. La puerta de la habitación se abrió de golpe y Verónica se incorporó de inmediato, con el corazón acelerado. No era Rodrigo, sino un hombre desconocido, tosco y de mirada fría, a quien Rodrigo evidentemente había contratado para vigilarla.
Al verlo, Verónica reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le suplicó con desesperación:
—¡Por favor, sácame de aquí! Se lo ruego, estoy embarazada, mi hijo... ¡Ayúdeme!