Al pasar los días, la desesperación los atrapaba por completo. Verónica seguía encerrada en esa pequeña y fría habitación, perdiendo la noción del tiempo. El cómplice de Rodrigo solo entraba una vez al día para dejarle comida y agua, y se marchaba sin decirle una sola palabra. Verónica, al no tener sus cosas, se vio obligada a usar la ropa vieja que encontró en los armarios del cuarto para poder cambiarse.
Una mañana, el sonido de la puerta principal fue diferente. No eran los pasos secos del