A los pocos minutos, Gabriela logró llegar al límite de la propiedad. Vio la enorme reja de fierro negro que daba a la calle trasera. Miró hacia afuera y, entre las sombras de los árboles de la banqueta, vio el auto estacionado. Su corazón dio un salto de alegría. Verónica sí había cumplido su palabra.
Gabriela se acercó a la reja y, con las manos temblando por los nervios, buscó el pasador que un empleado le había dejado flojo horas antes. Empujó el fierro con cuidado, tratando de que no hic