La tarde caía con una luz dorada sobre la hermosa residencia de Miami. Mauricio esperó pacientemente en la sala a que Verónica regresara de dejar a Santiago en sus actividades escolares. En cuanto la vio cruzar la puerta, aún con el rostro un poco pálido, se acercó a ella con paso firme y una ternura infinita en la mirada. No iba a dejar pasar el malestar de la mañana.
—Mi amor, ya no acepto un no por respuesta —le dijo Mauricio, tomándola suavemente por los hombros—. Sé que me dijiste que era