El carruaje de la guardia real avanzaba a paso lento por el empedrado del palacio. Dentro, el silencio era tan pesado que eclipsaba el crujido de las ruedas de madera. Christopher yacía tendido sobre la banqueta de cuero, envuelto en mantas gruesas que ya comenzaban a mancharse de sangre fresca. A su lado, Selena le presionaba el costado herido con un paño limpio, sintiendo el calor abrasador de la fiebre que empezaba a consumir al joven.
Frente a ellos, Paolo de Acasias mantenía los brazos c