El retumbar del carruaje de hierro sobre los adoquines se sintió en todo el castillo como un presagio lúgubre. Con cada metro que la escolta avanzaba hacia el portón principal, a Selena se le encogía el pecho. Miró sus manos, aún frías por el roce del metal de las cadenas de Christopher, y luego dirigió la vista hacia Paolo. El comandante permanecía erguido, pero la rigidez de sus hombros delataba una tensión voraz.
—No has ganado nada con esto, padre —dijo Selena, con una voz extrañamente tr