El sol del mediodía iluminaba con dureza la celda de la Torre Este. El rey Lamderson, caminando con paso lento y apoyado en el brazo de Paolo de Acasias, entró en la estancia.
Christopher permanecía sentado al borde de la yacija, vestido con una túnica sencilla de lino gris. La fiebre había cedido, pero su rostro conservaba la palidez del sangrado. Al ver entrar a su padre, el joven no bajó la mirada con sumisión, pero tampoco mostró la soberbia de antaño.
—Los capitanes de la guardia han c