El choque del acero resonaba contra las paredes de piedra del salón de armas interior. Paolo de Acasias descargaba cada estocada con una furia fría y calculadora, obligando al capitán de la guardia a retroceder hasta hacerle perder el equilibrio.
—¡Suficiente por hoy! —resopló el capitán, bajando su espada mientras se limpiaba el sudor del rostro—. Lord Paolo, peleáis como si tuvierais al demonio enfrente.
—El demonio está en este castillo, capitán —respondió Paolo, guardando la espada en su