Mientras tanto, en la torre oeste del palacio, la reina Marié caminaba en círculos por su habitación cerrada con cerrojo. Los guardias apostados al otro lado de la puerta no respondían a sus órdenes ni a sus amenazas de ejecución.
El lujo de su aposento —los cortinajes de terciopelo, la cama con dosel de seda, los espejos con marcos de oro— se había convertido en una celda dorada. Marié se acercó al gran espejo de su tocador y contempló su reflejo. Su peinado perfecto se había deshecho, y en s