La marca de los dedos de Lamderson se dibujaba como un hierro candente sobre la piel pálida de Christopher. El sonido de la bofetada todavía retumbaba en las cuatro paredes de la habitación, un eco seco y violento que parecía haber fracturado el aire entre padre e hijo. Christopher no se llevó la mano a la mejilla; permaneció inmóvil, con la cabeza inclinada por la fuerza del impacto y los ojos fijos en la alfombra bordada. El dolor físico era imperceptible comparado con la sombra de vergüenza