Diego insistía e insistía de una manera casi asfixiante. Hubo días en los que incluso se atrevió a ir a buscarme directo al bufete, pero Sofía, con ese carácter de hierro que la caracteriza, se plantó en la entrada y le impidió por completo el paso, dándome el tiempo justo para correr a esconderme en el fondo de su oficina privada. No contento con eso, comenzó a enviarme flores hermosas, regalos costosos y llamadas tras llamadas a cualquier hora.
Juro que era peor que el mismísimo Pepe Le Pew,