—¿En serio? —le pregunté con una voz tierna y vulnerable, desarmada por completo—. ¿De verdad me crees cuando te digo que casarnos no fue idea mía? ¿Que yo no le pedí nada a tu abuelo?
Diego se me quedó mirando fijamente. La luz de la tarde entraba por el ventanal, iluminando mi rostro, mis ojos que seguro brillaban de la emoción y, sobre todo, mis labios, que se abrieron sutilmente mientras esperaba su respuesta. Por un segundo que se sintió salvaje y peligroso, noté algo extraño en su mira