Ahí estaba yo, feliz de la vida, moviendo mis caderas con más ganas que la mismísima Shakira en pleno concierto, mientras todos los empleados de la casa me miraban disimuladamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano para evitar reírse de mí. Estaba bien entretenida en mi propio mundo, celebrando mi supuesta cita perfecta, cuando de repente escuché una voz que me regresó a la realidad de un porrazo:
-¡Señora!... ¡Señora Juliana!
Me detuve en seco, quedando en una pose de lo más ridícula. «¡Ay, no!