La empleada tocó la puerta con los nudillos tres veces, como hacía siempre que iba a buscar los platos después del almuerzo. Eran golpes prudentes acompañados por su voz respetuosa.
—¿Señora Ámbar? —preguntó desde el otro lado—. ¿Ya ha terminado de almorzar? He venido a llevar el plato.
Esperó unos segundos, pero del otro lado no se escuchó nada. Era extraño, porque Ámbar solía responder enseguida. A veces lo hacía con voz baja y cansada, pero nunca permanecía en silencio.
La empleada volvió a