Ámbar abrió los ojos, confundida, y permaneció quieta unos segundos. Lo primero que vio fue el rostro de Raymond inclinado sobre ella. Al notar que despertaba, él se acercó y le habló con voz suave y preocupada.
—Ámbar, ¿me escuchas? —le preguntó.
Ella no respondió. Seguía aturdida, observando el techo blanco del lugar sin comprender dónde estaba ni qué había sucedido. Raymond, al notar su desconcierto, intentó tranquilizarla.
—Todo está bien, ¿de acuerdo? Voy a llamar al doctor.
Se levantó de