Vidal avanzó por los pasillos del hospital con el paso lento y errático de alguien que había perdido el rumbo. Sus hombros estaban caídos, tenía la mirada en el suelo, y cada movimiento parecía costarle un esfuerzo desmedido, como si el peso de lo ocurrido lo aplastara desde dentro.
Al doblar uno de los corredores, se encontró de frente con Margot. Ambos se detuvieron casi al mismo tiempo, sorprendidos por el encuentro. Margot percibió el estado en el que él se encontraba; no era solo cansancio