Pasó el tiempo, y con él el cuerpo de Ámbar fue avanzando hacia la etapa final del embarazo. Al cumplir los ocho meses, su vientre ya era pesado, redondo, dominante, y cada movimiento requería mucha más atención y cuidado.
Permanecía la mayor parte del día en la cama, no por debilidad, sino por una cautela casi obsesiva: temía cualquier esfuerzo innecesario, cualquier sobresalto que pudiera alterar el curso de ese embarazo.
Comía en la habitación, despacio, con pausas largas, mientras Raymond s