Pasó el tiempo, y con él el cuerpo de Ámbar fue avanzando hacia la etapa final del embarazo. Al cumplir los ocho meses, su vientre ya era pesado, redondo, dominante, y cada movimiento requería mucha más atención y cuidado.
Permanecía la mayor parte del día en la cama, no por debilidad, sino por una cautela casi obsesiva: temía cualquier esfuerzo innecesario, cualquier sobresalto que pudiera alterar el curso de ese embarazo.
Comía en la habitación, despacio, con pausas largas, mientras Raymond se ocupaba de todo lo demás. Él le llevaba la comida, se sentaba a su lado, la observaba comer como si aquel acto sencillo fuera una confirmación de que todo seguía en orden. Había días en los que ni siquiera iba a trabajar; se quedaba con ella, atento a cada detalle, acompañándola en su estado. En apariencia, todo transcurría con una calma casi perfecta.
Sin embargo, lejos de esa habitación cerrada al mundo, algo empezaba a resquebrajarse. Margot, la persona más cercana a Layla, comenzó a notar